Náufragos de la cultura

Publicado en El Periódico de Catalunya

En Italia, a Sergio Sivori no le faltaba el trabajo ni la popularidad. Después de pisar durante años las tarimas teatrales de Roma, a principios del 2010 había cosechado su último éxito protagonizando una seria televisiva emitida por la RAI. Hasta que en junio del año pasado algo se rompió. «Mi mujer y yo nos miramos a la cara y dijimos: ‘Esto ya no es un país para nosotros’. Llenamos una furgoneta con nuestras cosas y vinimos a vivir a Barcelona».

Cada vez son más los representantes italianos de la cultura que optan por dejar el país para establecerse en Barcelona. Y las razones apuntan a la misma dirección. «Me he ido porque en Italia ya no existen las condiciones mínimas para trabajar. Y no solo las económicas», afirma Sivori. «Consideran que la cultura es algo superfluo que se puede recortar en tiempos de crisis».

De hecho, el pasado octubre, el ministro de Economía, a la hora de justificar el tijeretazo, afirmó que «la cultura no da de comer». Semejante afirmación provocó que el escritor Andrea Camilleri redactase una irónica lista de motivaciones que demuestran que sí da de comer. «Nuestra clase política tiene un concepto de la cultura más cercano al de la animación turística», añade Sivori, que ya ha empezado a organizar talleres de teatro en la UAB y en un par de meses abrirá su propio teatro en Gràcia, Laboratorium. «Tengo nostalgia del futuro de Italia, porque sé que no habrá para mucho más y porque no lo veré», confiesa. A otros, como al dibujante de cómics Claudio Stassi (autor de la ilustración de esta página), les preocupa la falta de reacción de sus compatriotas: «Los italianos están durmiendo. No se indignan. No ven lo que está pasando».

Ambiente irrespirable

Claudio Colombara, un destacado cantante lírico que se ha instalado en el Eixample, añade: «En Barcelona, pese a la crisis, se respira un aire más limpio. En Italia el ambiente político y cultural es horrible. Todos los que pueden, como es mi caso, optan por marchar».

En el 2011 Italia ha destinado 307 millones de euros a Cultura, mientras que en España la partida es de 1.051 millones y en Francia, de 7.500. «Sin recursos, los teatros tendrán que cerrar y una cultura como la de la ópera, que nació en Italia, se perderá. Es una lástima porque sin cultura no hay futuro», afirma este boloñés, catalán de adopción, que estos días interpreta Anna Bolena, de Donizetti, en el Liceu.

Su colega Fiorenza Cedolins, originaria de Friuli y residente en Sitges, va más allá: «En mi país existe una fuga cultural real porque la gente que busca abrirse camino en el mundo del arte no tiene futuro. En Italia la cultura ha caído en el olvido». Hay recortes en todas partes, admite, solo que en la patria de Miguel Ángel la situación es más dramática porque «existe la idea generalizada de que la cultura y los valores que transmite no son indispensables». El desplome de la Casa de los Gladiadores en la antigua Pompeya, en noviembre, escenifica la escasa consideración por el patrimonio cultural italiano.

«Me irrita que el poder político haya destruido el caldo de cultivo donde los artistas pueden crecer», afirma Giuliano Belotti, músico, compositor y colaborador del Conservatori Superior del Liceu. «No se ha hecho nada para la educación musical». Una preocupación compartida por el director de orquesta Daniel Barenboim, que en diciembre, durante la inauguración de la temporada de La Scala, expresó su desazón con los recortes y afirmó que la cultura no es solo estética, sino también ética.

«Dime el nombre de un solo escritor o director italianos que en los últimos 20 años haya estacado », pregunta un resignado Belotti. «Hay directores como Visconti o Pasolini, pero probablemente se han ido de Italia y trabajan en otros países», resalta Massimiliano Vana, joven documentalista que ha montado su propia productora en Barcelona. «Yo me he ido por instinto de supervivencia. Aquí, en cambio, me he sentido valorado porque esta es una ciudad sensible a la creatividad, al arte». Como casi todos, tampoco Vana se propone volver a su país «la revolución no la puede hacer uno solo. Y volver significaría renunciar al sentido de justicia, al derecho a indignarse. En Italia han comprado hasta la indignación».

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