Viudas del trabajo

Publicado en El Periódico de Catalunya 1 – 2

Hola. Sí, soy Carmen. ¿Qué tal? ¿Que ha sufrido un accidente la­boral? Entiendo. ¿Ya se ha busca­do un abogado? ¿Qué me dice? ¿Que es el abogado de la empresa? Entonces, permíta­me decirle, no le defenderá. El trabajador, al abogado le da de comer solo un día, la empresa le da todos los días. A ver, necesita un médico de valoraciones, un médico forense… Ya, lo siento, hijo mío, a ustedes les tratan como a muertos vivientes. Mire, en la asociación estamos mar­tes y jueves de seis a ocho de la tar­de. Pero vamos, no se preocupes, si necesita contactar conmigo o quiere preguntarme algo me llama y me deja un mensaje… Yo paso casi todos los días a recogerlos y contesto. Tome nota de nuestra dirección…»

Carmen Cavero es una mujer risueña a la que su frondosa melena negra le hace aparentar menos de sus 68 años. Entra en su pequeño despacho dela Asociaciónde Vícti­mas de Accidentes y Enfermedades Laborales (AVAEL), en la calle Coso de Zaragoza, y en seguida contesta a una de las numerosos llamadas que recibe de las víctimas de los accidentes laborales y de sus familiares. El 3 de octubre de 1993, dos años después del fallecimiento de su marido mientras reparaba una tolva en la empresa de piensos donde trabajaba, Carmen Cavero fundó AVAEL, la primera asociación en España y la tercera en Europa con el objetivo de representar y defender los intereses de quien ha sufrido una lesión o una enfermedad laboral.

En España cada año centenares de personas mueren y otras miles resultan heridas mientras estaban tra­bajando. Es una guerra diaria que suele pasar desapercibida. En esta batalla, a los caídos no se les reserva la corona de héroe, ni sus ataúdes son envueltos con banderas. A las víctimas no les aguardan honores. Simplemente caen en el olvido. El derecho de trabajar en condiciones que no pongan en peligro la salud del trabajador está recogido enla Constituciónde 1978. Pero no fue hasta1995que se aprobó una ley que puso los medios para que este derecho fuera respetado. A pesar de ello, cada año se registran un promedio de mil fallecimientos y de 800.000 lesiones por accidentes de trabajo (LAT) que requieren una baja. En los primeros dos meses de este año ya se contabilizado 114 muertos.

Trabajo precario, a destajo y subcontratado

En esta guerra tampoco las palabras son inocentes. Hace una década se introdujo en el lenguaje jurídico la noción de LAT, que tiene implicaciones políticas, económicas y sociales. «La razón del cambio es que la palabra accidente nos lleva a pensar que lo que ocurrió es accidental, o sea, casualidad y no causalidad. Como si fuera un suceso imprevisto y difícilmente prevenible. En cambio, utilizar lesión hace hincapié en las consecuencias del accidente en la salud del trabajador», explica Fernando Benavides, director del Centro de Investigación en Salud Laboral dela UniversitatPompeuFabra de Barcelona. «Todos los accidentes tienen causas, no son accidentales. Por tanto, todos son teóricamente prevenibles y conllevan responsabilidades –añade–. Y mientras no se  demuestre lo contrario, la responsabilidad del accidente es del empresario. Por eso la ley define que el inocente es la víctima, y el responsable, el empresario, el cual no ha mantenido unos estándares de prevención del riesgo adecuados».

Encabezan esta contabilidad negra los maquinistas y conductores del sector del transporte, los trabajadores de la agricultura y de la pesca, los empleados en la construcción y los obreros metalúrgicos y mecánicos. Entre las causas más frecuentes destacan los sobreesfuerzos, los choques, las caídas y los golpes contra objetos. En España hay 1,2 millones de empresas de las cuales más del 80% tiene menos de seis trabajadores. Precisamente en las PYME es donde es más probable que se registren los accidentes.

«La mayoría de lesiones se producen en aquellas empresas donde se trabaja a destajo, hay mucha subcontratación –por ejemplo, en la construcción, los empleos son precarios y la situación organizativa tiene carencias y poca definición», afirma José Manuel Cuenca, secretario de Salud Laboral de CCOO de Catalunya. Según las cifras del Ministerio de Trabajo, en los últimos dos años el número de muertos ha descendido sensiblemente debido «al descenso del número de empleados – añade Cuenca –. Pero con la crisis las empresas invierten menos en prevención y los accidentes son más graves».

Desamparo legal y emocional

«Yo era un ama de casa que vivía bien, con mi marido y mis dos hijos. Pero aquel día mi vida cayó en un pozo sin fondo y sin salida. Me llamaron para decirme que mi marido había sufrido un accidente. Murió en el hospital antes de que lo empezaran a operar. Nadie me dio más explicaciones. Tenía que enterrarle». El marido de Carmen se llamaba Jesús Lahoz. Falleció por los traumas causados por las lesiones a la edad de 50 años. «Mi asociación es una manera de rendir homenaje a mi marido y a todos los fallecidos en accidentes laborales», dice Carmen, con sonrisa maternal. «Quiero ayudar a que a la gente no le pase lo que a mí. Porque a mí nadie me apoyó, nadie, ni los sindicatos, ni los compañeros del trabajo, ni un alma».

La tarea de AVAEL consiste, sobre todo, en brindar apoyo a los afectados. «La gente que acude a la asociación –explica Carmen– pide que alguien le entienda y eso es lo que ofrecemos: primero escuchar y comprender los sentimientos de quien ha sufrido la muerte de un ser querido, pérdida que hay que recordar que casi siempre podría haberse evitado si se hubieran tomado las medidas oportunas». Además, AVAEL proporciona servicios de abogados, psicólogos y médicos. «Desde nuestra creación hemos recorrido un largo camino lleno de dificultades, en el que hemos intentado mejorar las prestaciones sociales y paliar las carencias de nuestro colectivo », afirma, orgullosa, Carmen. Su compromiso es insistir para que la sociedad tome más conciencia ante las medidas de seguridad que se deben adoptar en los puestos de trabajo. En definitiva, tratar de concienciar al empresario de que la prevención es fundamental.

«Nos torean porque somos mujeres»

Al lado de Carmen asienten Pilar Soguero y otras viudas que suelen acudir los martes y los jueves a la asociación. «Cuando pasó lo de mi marido, me sentí completamente sola. Tenía a mis hijos al lado, pero me sentía sola porque no sabía qué hacer, adónde ir, a quién acudir. Llamé a unas cuantas personas que nos conocían. Pero cuando les contaba lo que había pasado, todo el mundo se echaba atrás». Ella se enteró de la existencia de la asociación en el 2001, un par de meses después de la muerte de su marido, leyendo una entrevista a Carmen Cavero en un diario. «Llamé en seguida y me contestó Carmen ¡Fue maravilloso! Empecé a sentirme menos sola. Me acogieron de verdad». «Lo peor llega al día siguiente –remata María Pilar Marco– cuando, con toda tu pena, tienes que ocuparte de las declaraciones de herederos, del finiquito, de las demandas». Su marido, José Flores, murió por las lesiones causadas por una planta asfáltica mientras, como se aclaró en el juicio, hacía un trabajo nueve categorías por debajo de lo estipulado en su contrato. Ahora María Pilar acude de vez en cuando a la asociación, para saludar a sus compañeras. «Ciertas cosas las quieres olvidar. Estar en la asociación, escuchar  accidentes me afecta mucho», dice. «Ahora pienso que tengo que vivir la vida, aprovechar y no estar lamentándome siempre por lo que ha pasado –añade–. Tuve una muy buena vida con mi marido. Ahora me toca seguir».

Un duelo marcado por la rabia hacia la compañía

Asunción Aranda se unió a AVAEL a los pocos días de fundarse. «Mi hija me contó  que a Carmen le había pasado lo mismo y que estaba montando una asociación. Yo me sentía atada. Quería sacar mi historia, defender lo que en su momento no pude. La asociación me ha servido para darme cuenta de que no estoy sola y para tratar de que haya justicia. Porque yo no olvido ni perdono. Ellos, la empresa y la aseguradora, creen que porque somos mujeres nos pueden torear hasta que nos cansemos». Su marido, Lucinio Montejo, murió por las lesiones que le provocó un taladro industrial. Al cabo de unos días, un chico de los recados de la empresa se presentó en su casa: le llevaba la última nómina y los utensilios de su marido. «No tuvieron ni la dignidad de venir a mi casa –afirma con una mueca–. Todo metido en una bolsa negra, como las que se usan para tirar la basura». Ni el gerente ni ninguno de los compañeros del marido quiso declarar en el juicio. Asunción decidió deshacerse de todo cuanto le hiciera recordar a su esposo. Ocultó todas sus fotos. Su cuerpo yace en la tumba familiar de sus padres, en un pueblo cercano a Zaragoza. «Nunca fui a visitarlo. Nunca. Ahí solo hay piedras y huesos. Yo prefiero pensar que está vivo en algún sitio». El único objeto que le hace recordar que un día estuvo casada es la alianza.

«La rabia identifica a la persona querida, ese odio le permite retener una parte de ella. En el momento en que deje de odiar, cree que la perderá definitivamente. Es como una separación final», dice el psicólogo Javier Miravalles, que desde hace siete años colabora con AVAEL. «La casualidad o la enfermedad como causas de la muerte de una persona querida son más fáciles de superar. En cambio, cuando la muerte se da por culpa de una empresa, el duelo se queda bloqueado», añade el psicólogo. Y sigue: «La persona no es capaz de darse una respuesta. O sea, la respuesta es que la empresa no ha cuidado a la persona querida. Entonces el enfado es soberbio. Porque la idea no es que haya muerto ¡sino que le han matado! Ahí empieza el conflicto».

Cuando el empresario no cumple su parte del trato

Miravalles identifica la causa del dolor de muchos familiares de víctimas de accidentes laborales en un contrato emocional estipulado entre el trabajador y la empresa. «Este contrato no se escribe, es personal, de intuición. Es parecido a los vínculos de la edad media, cuando el vasallo trabajaba para el señor feudal a cambio de protección –asegura el psicólogo–. Pero, en el caso de un accidente, si la otra parte no cumple con su compromiso, se hace evidente que no está a la altura del acuerdo. Y esto es advertido a todo efecto como una traición». Si encima uno percibe que el sistema no actúa, el gobierno se desentiende y la empresa dice que la culpa era del marido, entonces el estado de ira es inmenso. «El primer punto que debe superarse es precisamente esa ira», concluye Miravalles.

En el despacho de la asociación, el teléfono vuelve a sonar. Carmen, de pie en el umbral de la puerta, se despide. «Tengo que atender las llamadas. Adiós», y su boca se abre en una sonrisa: «Espero que estas historias sirvan de algo».

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