Viviendo al límite

Publicado en SEISGRADOS

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En Europa hay tres ciudades partidas por la mitad, divididas por conflictos enquistados desde hace años.

¿Cómo es vivir cuando el enemigo es tu vecino?

Nicosia. La última capital dividida del mundo

“En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”El obispo se dirige con paso solemne al trono desde donde oficiará el funeral. Maria Tsiaklis se santigua como manda la tradición ortodoxa. Una, dos, tres veces. Delante del altar hay dos pequeños ataúdes. Están envueltos por dos banderas: la griega y la chipriota. Contienen los restos de sus abuelos, dos de los 1.464 grecochipriotas desaparecidos durante la invasión militar turca de Chipre, en 1974. Una luz deslumbrante rebosa por las ventanas de la iglesia, mientras, afuera, un calor intenso inunda las calles de Nicosia, la última capital dividida del mundo.

La parte vieja de la ciudad es un laberinto de cafeterías y jardines de palmeras que se interrumpe de repente con bidones de arena y alambres de púas. Es el sucedáneo de trinchera que desde el 1974 parte en dos esta isla incrustada delante de las costas turca y siria. Ese año Turquía respondió a un intento de golpe de estado financiado por Grecia con una invasión militar de la isla. El conflicto acabó con más de 4.000 muertos en ambos bandos, casi 2.000 desaparecidos y centenares de miles de desplazados. Y, sobre todo, terminó con la secular convivencia entre las comunidades grecochipriota y turcochipriota. Desde entonces, la mayor parte de su extensión está administrada por la República de Chipre, miembro de la UE desde 2004, donde reside el 80% de la población, de origen griego. Por el otro, la República Turca de Chipre Norte, reconocida solo por Turquía, ocupa un tercio de su territorio.

A lo largo de los 180 kilómetros de frontera, viejas garitas destartaladas y oscuros torreones recuerdan que ésta es una de las fronteras más militarizadas del mundo. Unos 12.000 soldados de la Guardia Nacional grecochipriota controlan la parte sur. Enfrente, más de 40.000 militares del contingente turco hacen lo propio con la frontera norte. En medio se extiende una estrecha lengua de tierra de nadie donde solo el color de los Cascos Azules interrumpe la monotonía del paisaje. La misión UNFICYP, un millar de soldados desplegados a lo largo de la línea de alto el fuego, se renueva cada seis meses desde hace 50 años.

Si bien hasta el 2003 cruzar la frontera estaba prácticamente prohibido para los habitantes de la isla, desde entonces se han abierto pasos fronterizos. A pesar de la ilusión inicial, a día de hoy un tercio de la población no ha cruzado nunca la frontera, y la mayoría de los que sí lo han hecho ha sido como máximo un par de veces.

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Maria, de pie en el altar, lee con voz entrecortada una carta que ha escrito para despedirse de sus abuelos. La última vez que alguien los vio juró que estaban tirados en el suelo de su casa, uno encima del otro. Muertos. Su paradero fue incierto hasta diciembre de 2011, cuando un miembro del Comité de Personas Desaparecidas en Chipre (CMP) la llamó para decirle que habían encontrado unos huesos en una fosa común que probablemente pertenecían a sus abuelos. Solo faltaba ponerles nombre.

El CMP está formado por representantes de ambas comunidades y por un miembro de la ONU. Establecido en 1981, no comenzó a funcionar hasta el 2007. El CMP actualmente coordina todas las fases del proceso: la exhumación, la identificación, el análisis de ADN y la restitución de los cuerpos a los familiares. En ningún caso reconstruye las causas de la muerte ni su autoría. Hasta la fecha ha logrado restablecer la identidad a los restos de 415 personas, 340 grecochipriotas y 75 turcochipriotas, que ya han sido devueltos a sus familias.

En las salas del Laboratorio de Antropología Forense del CMP, sobre unas grandes mesas, hay ordenados fémures, dientes, costillas. Aquí Maria reconoció entre los montones de huesos los zapatos de su abuela. “Es como montar un rompecabezas del cual no tenemos la imagen”, me dice Engin Istenc, la coordinadora del laboratorio. Una vez reconstruido el esqueleto, se recoge un fragmento del hueso y se procede al análisis de ADN. “La parte más difícil es recibir la información con el nombre de la persona”, dice la antropóloga Maristalla Kyrkintri. “En ese momento esos huesos se convierten en un individuo”. Un equipo de psicólogas del CMP se encarga de preparar a las familias para el momento del reconocimiento. “Muchas esposas siguen cocinando todos los días el plato favorito de su marido. Por si vuelve”, me explica Ziliha Uluboy, una de las psicólogas turcochipriotas. “El problema de los desaparecidos es el único en el que las dos comunidades están de acuerdo”, dice Oleg Egorov, de la Comisión de la ONU para Chipre. “En los otros asuntos la desconfianza mutua es enorme, pero en esto se unen porque quieren. De todas maneras -concluye Egorov- compartir el dolor es importante, pero no suficiente”.

Las negociaciones entre los representantes de ambas partes han sido constantes. Y constantemente han fracasado. Como en 2004, cuando la mayoría de los grecochipriotas votaron ‘no’ en el referéndum del Plan Annan, la propuesta de creación de una república federal bi-comunal y bi-zonal. El 65% de los turcochipriotas habían votado positivamente, pero era necesario que ambas comunidades lo aprobaran.

“Rezamos por las almas de nuestros difuntos”. El sol cae en picado sobre el pequeño cementerio. La familia de Maria Tsaklis está apiñada alrededor de la fosa cavada por los enterradores. Ella, al lado del cura, repite las últimas oraciones. Están colocando los ataúdes en la tumba, la misma de su padre. Una primera palada de tierra. Otra. Después todas las demás. Una lápida de granito cierra la tumba. Arriba, dos fotos en blanco y negro. “Mis abuelos se llamaban Mijail y Maria”.

 

Belfast. La herencia de los ‘Troubles’

“¿Usted ha estado involucrado alguna vez en algún asesinato?”, pregunté.

“Aunque lo hubiera hecho, no lo diría aquí, delante de una cámara. Nunca he sido acusado por una corte de ello. He sido detenido por tenencia de armas, por planear un atentado con bombas al ejército británico. Pero no he estado nunca condenado por asesinato”.

La voz de Séanna Walsh no se quiebra. Es firme y monótona. Solo un pequeño, rápido parpadeo muta su postura sobre la silla, en el centro de la sala desnuda. Entre la cadencia de sus palabras se insinúa el repiqueteo de la constante llovizna de julio sobre las ventanas de la asociación Tar Anall, que se ocupa de la reinserción en la sociedad de los ex-detenidos de la IRA y de otras organizaciones paramilitares republicanas. A escasos metros de este edificio de ladrillos rojos y blancos, pocos autos y raramente algún peatón recorren Falls Street, la avenida que desde el barrio católico más conocido de la ciudad lleva al centro de Belfast, donde hierven los preparativos para la histórica Marcha Orange.

Todos los años, el 12 de julio, los afiliados a las lonjas masónicas del Reino Unido recorren las ciudades norteirlandesas para celebrar la victoria en el 1690 del rey protestante Guillermo III de Orange sobre el católico Jacobo II. En los últimos años, este evento ha puesto a prueba la aún frágil convivencia emanada de los acuerdos de paz del Viernes Santo, que se firmaron en 1998. Un pacto que trató de poner fin a décadas de violencia entre lealistas a la corona británica y republicanos irlandeses, que se cobró la vida de al menos 3.500 personas. Sin embargo, quince años después de esa histórica firma entre el gobierno británico y el irlandés, la herencia de esa guerra de baja intensidad sigue agrietando el mapa de Belfast. Al menos 99 muros – bautizados, no sin humor negro, peacewalls– continúan separando los barrios católicos y los protestantes, y son testimonios privilegiados de las fisuras de desconfianza y aprensión que todavía hienden la sociedad.

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“La guerra no es algo que hayamos buscado. No hemos invadido otro país. La guerra ha venido a nuestras calles cuando el ejército británico ha aterrizado aquí y ha traído el miedo, las armas, todo”. La voz monocorde de Séanna Walsh llena la gris sala de reuniones con los recuerdos de su militancia en la IRA durante más de tres décadas. En 1973 fue detenido por primera vez, con 16 años, junto con varios compañeros mientras robaban un banco. Después de salir y entrar en la cárcel por varios delitos, fue puesto en libertad en virtud de las disposiciones de los Acuerdos del Viernes Santo de 1998. Tenía 42 años y había pasado la mitad su vida entre rejas. “Siento remordimientos por el hecho de que seres humanos hayan sido asesinados y por algún amigo íntimo que ya no está. La violencia deshumaniza todo que está involucrado en ello. Da igual cómo justifique las causas, no hace las cosas más fáciles. Son personas las que están involucradas. Pero eso es la guerra, matar gente, destruir cosas. Haces lo que tienes que hacer y tienes la esperanza de que tu ideología te permita llevarlo adelante”, me explica quien fue compañero de celda y amigo de Bobby Sands, el activista que se dejó morir en la famosa huelga de hambre del 1980.

“Cuando éramos jóvenes, éramos activistas políticos con armas; ahora somos activistas políticos sin armas. El objetivo sigue siendo el mismo, queremos una Irlanda libre de interferencias británicas”, argumenta Walsh, que el 28 de julio de 2005 apareció en un vídeo para anunciar que la IRA daba por terminada su campaña armada. De este modo, Walsh se convirtió en el primer miembro de la organización desde 1972 que hacía un comunicado sin llevar máscara. Ahora Walsh trabaja para el partido republicano Sinn Féin y es responsable de la organización Coiste na nlarchimí, que se ocupa de la reinserción social de los ex detenidos del IRA y de los encuentros con ex detenidos de organizaciones militares unionistas y lealistas. Unas de las actividades más destacadas son los political tours, visitas guiadas a los murales de Belfast, que tapizan toda la ciudad. Grandes y coloridos, cortan la regularidad de las casitas, todas iguales. Son un signo de identificación y reivindicación y hablan de la dramática historia de la ciudad. “Si quieres conocer también la otra parte de la historia”, me aconseja Walsh antes de despedirse, “tendrás que hablar con William ‘Plum’ Smith”.

Smith está sentado en su coche, justo delante de un mural conmemorativo de un militante protestante asesinado por la IRA. A pocos metros está el check-point del barrio de Shankill, que, admite, hasta hace pocos años nunca se habría atrevido a cruzar porque le habrían disparado. “Durante los Troubles estaba permanentemente cerrado. El hecho de que esté abierto representa un regreso a la normalidad”, espeta antes de poner en marcha el coche. Smith colabora con la asociación EPIC, que organiza los tours guiados para los visitantes que quieren conocer el lado unionista de la historia. Entre los fundadores de The Red Hand Commando, en 1972, Smith formaba parte de la organización paramilitar Ulster Volunter Force (UVF), responsable del asesinato de centenares de presuntos simpatizantes de la IRA, en muchas ocasiones solo civiles católicos. Encarcelado durante años en la prisión de Long Cash, al principio de los 90 empezó a involucrarse en los primeros acuerdos de paz con los republicanos. “Hemos empezado a trabajar juntos en las cárceles, porque estábamos en la misma mierda”, explica mientras conduce entre las casitas adornadas con banderas Union Jack y fotos de la reina Isabel. De repente, una enorme pared con pintadas se erige. Con una altura de unos 20 metros y coronada por una valla metálica, divide a lo largo de varios kilómetros los dos barrios más conflictivos de Belfast. “Las nuevas generaciones han nacido cuando el muro ya estaba construido, no saben cómo era antes. Es como un mueble de casa”, asevera Walsh, mientras la lluvia desdibuja a través de las ventanillas los colores de la enorme pared de división. “Probablemente el muro lo tenemos en la cabeza”.

Una investigación de la universidad Queen’s de Belfast en doce barrios de la ciudad ha revelado que el 68% de los jóvenes de entre 18 y 25 años no han tenido nunca una conversación con coetáneos de la otra comunidad. “Unos de los obstáculos más importantes para la reconciliación es la educación”, explica Bill Rolston, experto en procesos de transición política en la universidad del Ulster. “Hay dos sistemas educativos diferenciados, uno para protestantes y otro para católicos, y esto es un problema”, me explica. Como consecuencia, un estudio de su universidad ha registrado que solo el 14% de los habitantes de los barrios más conflictivos son favorables a echar abajo los peacewalls. Sin embargo, Rolston matiza: “En muchos sentidos Irlanda del Norte es un sitio irreconocible comparado con lo que era hace unos cincuenta años, o incluso hace treinta años. Belfast ahora es una ciudad pequeña, ajetreada, bonita, y debajo de lo que se ve superficialmente pasan cosas increíbles que eran imposibles de imaginar hasta hace poco”.

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“Belfast ha cambiado profundamente desde la firma de los Acuerdos del Viernes Santo, sobre todo en su desarrollo económico, en su regeneración y su rebranding, remata Milena Komarova, investigadora social de la plataforma Conflict in Cities. “Sin embargo –me explica– el cambio no ha afectado a todos por igual. Hay una relación directa muy estricta entre las condiciones socioeconómicas, la segregación y la violencia. Para las zonas de West y North Belfast, donde se concentran la mayoría de los muros, la situación es muy parecida a lo que era antes”, concluye.

William Smith ha llegado a una zona de Shankill donde se alternan casas a medio construir y solares abandonados. En uno de ellos se divisa una enorme hoguera de madera. Clavadas a las tablas, ondean algunas camisetas verdes del equipo de fútbol del Celtic, de tradición católica, y algunas banderas irlandesas. Están listas para ser quemadas la noche del 11 de julio, la víspera de la Marcha Orange y de los recurrentes enfrentamientos entre los protestantes que quieren cruzar los barrios católicos. “¿Has visto qué situación?”, me interpela Smith señalando las miles de casas vacías. “La verdadera división es económica”, concluye, antes de volver al mismo check-point de salida.

 

Mostar. La paz se escurre bajo el puente viejo

Un golpe. Después otro. Luego, una enorme nube de agua estallaba la mañana del 9 de noviembre de 1993. Finalmente, se hizo el silencio en Mostar. Las fuerzas armadas croatas acababan de derribar el Stari Most, el puente viejo, símbolo de la ciudad desde el 1566. Aquella mañana en que las aguas del río Neretva se llevaron siglos de convivencia entre las distintas etnias de la ex-Yugoslavia, Orhan Maslo, Oha, estaba cerca de allí, en la base de su unidad del ejército bosníaco musulmán. Hacía ya un año y medio que Oha luchaba en la primera línea del frente de la ciudad. Sus superiores alababan su solvencia y él cumplía sus misiones como si se tratase de un juego. Por eso a nadie le importaba que tuviese solo quince años.

“No lloré por el puente. Las lágrimas eran inútiles”, explica Oha en la avenida Šantića, desde donde los francotiradores croatas le apuntaban, y que sigue siendo la frontera entre las dos comunidades. “Un par de meses antes un amigo mío perdió a su hermano, de once años, y no lloró. Pero cuando cayó el puente sí que lloró”.

Los acuerdos de Dayton, firmados en 1995 y que pusieron fin a esa escabechina, han dificultado que se reconstruyan los lazos rotos. Se crearon dos entidades autónomas: la Federación de Bosnia y Herzegovina, de mayoría musulmana y croata, y la República Srpska, de mayoría serbia. Si bien esta solución aplacó la violencia interétnica, desde entonces el país está paralizado por la falta de acuerdo en las decisiones que tienen que ser consensuadas. “El recuerdo de la guerra está muy presente, y por eso las comunidades votan a los partidos nacionalistas que salvaguardan su casa, me explica Vernes Voloder, coordinador del centro internacional de estudios para el dialogo NDC Mostar. “Los tres partidos nacionalistas infunden miedos y manipulan a los ciudadanos bosníacos”.

“Los políticos nos han metido un gusano en la cabeza: cada uno sabe a quién tiene que pertenecer”, me cuenta Oha liándose el enésimo cigarrillo de la noche. “Al final del día, cada uno vuelve a su zona de la ciudad, según un criterio de división étnico”. De hecho, en la parte este de la ciudad reside la mayor parte de la población musulmana, y en la oeste está asentada la croata. En medio se extiende el puente, reformado con ayuda internacional y reabierto en 2004. Pero un poco más allá de la zona antigua, los surcos de las balas y de la artillería pesada siguen adornando los edificios de muchos barrios de la ciudad, como una especie de advertencia contra la brutalidad del otro.

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Oha recuerda como su decisión más acertada en los años de la guerra fue salir del ejército un mes después del derribamiento del puente. “No me cuidaba, tomaba todo tipo de drogas. En cierto punto ya no me importaba contra quiénes luchábamos, a quién matábamos”, afirma recogiendo su larga melena negra en una cola. “Estoy seguro de que, de seguir en las fuerzas armadas, en el 1994 me habrían matado”. Oha encontró refugio en el sótano de un edificio, donde malvivió con una veintena de otros adolescentes hasta el final de la guerra. Allí, con unos botes de pintura y otras quincallas, aprendió percusión, y cuando acabó la guerra fue destinado a un orfanato donde varios artistas de renombre le alentaron a seguir tocando. Ya como músico profesional, en 2012 empezó a dirigir la Mostar Rock School, una escuela de música donde adolescentes de las distintas comunidades de Mostar se juntan para tocar juntos. “La música es la mejor manera para acercar a la gente. Una vez que estás atrapado, ya no te importa si la persona con quien estás tocando viene del este o del oeste”, me explica orgulloso Oha.

“Nosotros no hemos empezado la guerra, así que queremos volver a estar unidos como antes”, me confiesa en la sala de registración Amar Santjc, un guitarrista bosníaco de 17 años. “Es una cosa grandiosa que nos mezclen, a gente de distinto origen y religión”, le hace eco Manuela Zulj, una joven cantante croata. “Creo que la clave para la reconciliación son proyectos como este”, asevera Oha. “Hay que dar a las nuevas generaciones la posibilidad de acercarse, de conocerse, para que se enteren de que la única diferencia entre ellos es su nombre”. Por eso, Oha ha decidido ponerle a su hija Luna. “Estaba harto de que todos los nombres pertenecieran a religiones, etnias, naciones. Así escogimos un nombre que no existiese en ese planeta”.

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