Guča , el Woodstock de la música balcánica

Publicado en SEISGRADOS

 Cada agosto se celebra en el pequeño pueblo de Guča, en el centro de Serbia, el corazón de los Balcanes, el festival de trompeta más grande del mundo. © J. Giorgi

Cada agosto se celebra en el pequeño pueblo de Guča, en el centro de Serbia, el corazón de los Balcanes, el festival de trompeta más grande del mundo. © J. Giorgi

Caminando un sábado por la tarde por las calles de la mahala –como se conoce a los barrios gitanos–, en el pequeño pueblo de Vladičin Han, en el sur de Serbia, se oyen desde diferentes rincones los sonidos apagados de alguna que otra trompeta, tuba o trompa. Aquí, en este barrio humilde, en la parte más alta del pueblo, todo varón toca alguno de los instrumentos de la música folclórica. Podría decirse que Vladičin Han es la cuna de la música balcánica, y es que hasta Boban Markovic, el mejor trompetista de Serbia, es de ahí.

En una esquina, en una prolija casa de dos pisos de color rojo, vive Bojan Krstič, un trompetista de 29 años y líder de la orquesta que lleva su nombre. En 1995 su padre juntó a los adolescentes de la familia y decidió quién tocaría qué instrumento. No le fue mal: 15 años más tarde, la orquesta ha ganado dos veces consecutivas el segundo puesto en Guča, el festival de trompeta más grande del mundo.

“A la tercera va la vencida”, dice Bojan, el mánager de la banda, que a la mañana siguiente mete a sus 11 parientes con sus instrumentos dentro de una furgoneta. El camino es tedioso y tras unos últimos 50 minutos serpenteando por un angosto camino rural, se encuentra, en medio de un espectacular paisaje de verdes colinas, el pequeño pueblo de 3.000 habitantes, más conocido como Guča. Este puñado de casas reposan al pie de una montaña, mientras sus jardines perfectamente ordenados contrastan con la naturaleza que invade las calles inertes.

Pero una semana al año, durante el mes de agosto, Guča se convierte en el centro de los Balcanes. Más de 100 mil personas comienzan a llegar al pequeño pueblo y lentamente los meticulosos jardines de las casas convertidos en campings improvisados se llenan de carpas y las parrillas de los quioscos a colmarse de hamburguesas y chorizos.

 © J. Giorgi

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Pero el festival no es lo que se supondría, una folclórica celebración gitana. Más bien se parece a una manifestación ultranacionalista serbia donde lucen más las gorras militares que las trompetas y emocionan más los himnos belicistas que las canciones tradicionales.

Como todos los años, el festival no se da por inaugurado hasta que por los altavoces suena el himno del festival. Al ritmo del bombo, el coro entona la memorable estrofa: “Desde Ovcar y Kablar, un pastor dice: ‘Príncipe serbio, haznos serbios’. Y el nacionalismo empieza a supurar hasta que termina por apoderarse de Guča con el apasionante sonido de las trompetas.

Este complejo instrumento metálico repleto de tubos se incorporó a la tradición serbia en la segunda mitad del siglo XIX. “Llegó con la guerra, los soldados trompetistas incorporaron la trompeta a la cultura nacional al volver del frente”, explica Nikola Stojic, el octogenario fundador del festival. En lugar de tocar marchas militares, los soldados adaptaron el instrumento a la música folclórica y más tarde crearon las primeras orquestas de viento.

Con el tiempo se empezó a tocar la trompeta cuando los jóvenes se iban al frente, en los funerales y hasta en los nacimientos. “La trompeta acompañaba al hombre desde el nacimiento hasta la muerte. Era parte del alma de la gente”, explica Stojic. Sin embargo, después de la guerra casi no quedaban trompetistas. Para entonces, varios intelectuales, entre ellos Nikola, se fueron a vivir a Guča y comenzaron a organizar actividades culturales como el concurso de trompeta. “Buscábamos a los músicos casa por casa pero muchos habían muerto, algunos estaban enfermos y otros se habían quedado sin orquesta”, recuerda el exprofesor de literatura.

Finalmente, el 14 de octubre del ’61, con ocasión de la celebración del día de la Virgen del Sudario, se llevó a cabo la primera edición del festival, en la que concursaron cuatro orquestas. “Ese día la gente fue a misa y a la salida de la iglesia se quedó en el jardín para presenciar el evento”. A pesar de que las orquestas tenían apenas cinco integrantes y de que las trompetas estaban rotas y desafinadas por la guerra, más de 3.000 personas presenciaron la primera edición de la competición.

Sin embargo, no fue hasta el tercer festival que comenzaron a participar las primeras orquestas gitanas que con el tiempo pasaron a representar el estilo musical que tanto caracteriza a la región de los Balcanes. A lo largo de los años el número de bandas aumentó rápidamente. Y aunque actualmente solo 18 bandas participan durante el fin de semana en la gran final, son muchas más las que durante el año compiten por clasificarse en todo el país.

 © J. Giorgi

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Ultras serbios al ritmo de trompetas gitanas

Aunque Guča aún mantiene viva la tradición, en los últimos años el folclore balcánico se ha mezclado con una impronta ultranacionalista que atrae a miles de jóvenes de todo el país. Y el toque distintivo se lo dan los visitantes de todo tipo que llegan de diferentes partes de Europa para disfrutar del descontrol, sin terminar de enterarse demasiado de qué va la cosa.

Durante la semana, las más de 50 bandas que llegan a Guča recorren el pueblo incansablemente, día y noche, haciendo sonar trompetas, tubas y trompas al ritmo del bombo y el redoblante. Y es que el festival, además de ser la gran oportunidad para las orquestas de consolidarse, es también una forma de ganar dinero, por lo que para los músicos gitanos Guča es un negocio.

Mesa por mesa, las manadas de músicos uniformados se pasean por los bares y restaurantes cargando sus instrumentos hasta que el líder, quien da nombre a la orquesta, suelta las primeras tonadas en señal de que ha conseguido el siguiente cliente. Inmediatamente las tres trompetas, las cuatro tubas, la trompa, el redoblante y el bombo inician un concierto en torno a la mesa. Y el tiempo que dura este ritual depende del entusiasmo y el dinero que se deposite dentro de la boca de los instrumentos.

Las calles colmadas de gente se transforman en una interminable pista de baile donde la música de las diferentes bandas se entremezcla con los cánticos ultras haciendo alusión a Bosnia, Kosovo y algún que otro criminal de guerra.

 © J. Giorgi

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Y es que desde el primer día el ambiente en Guča se va calentando lentamente al ritmo de la música como una olla a presión, hasta que termina de estallar en la noche del sábado. Como en la más alocada de las películas de Kusturica, tras una encendida competencia en donde se elige al nuevo rey de la trompeta, unas 30 mil personas ondeando banderas serbias hacen latir el estadio al ritmo de la música balcánica.

Unas pocas horas más tarde, tras la última tonada del domingo que pone el punto final al festival, el pueblo vuelve a retomar su aspecto fantasmal. Por las calles quedan la mugre y la melancolía de lo que aún no ha terminado. Mientras, los músicos de la Bojan Krstič Orchestra guardan sus instrumentos en la furgoneta para emprender el viaje de regreso. “Ni siquiera hemos recuperado el dinero”, dice Bojan. “En la mayoría de los restaurantes no nos dejaban tocar. Quizá sea un tema del color de la piel”, agrega con tristeza. En cuanto al concurso, mejor ni preguntar.

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